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rase una vez, en un lejano país de cuyo nombre preferiría no acordarme, vivía una princesita llamada Mandetta, de largos cabellos dorados y barba negra como el azabache. Mandetta lo tenía todo: tenía un tocador Microsoft bañado en oro, televisión vía satélite y línea ADSL. Pero había una cosa que Mandetta no tenía: un príncipe azul particular.
Muchas veces la princesa Mandetta había llamado a TelePrícipe para realizar encargos a domicilio, pero – nadie sabe porqué – todos los repartidores sufrían accidentes siempre que intentaban llegar a Palacio. Algunos aseguraban que todo era culpa de la situación del Palacio Real, que se asentaba sobre la Montaña Orriols – que, dicho sea de paso, no tenía muy buena reputación
Un buen día, Madetta pensó que ya estaba harta de ser soltera y se decidió a ir en busca de novio. Bajó de su palacete y se dirigió a la aldea, cuyos habitantes ella explotaba obligándoles a trabajar duro y exprimiéndoles los ahorros con los impuestos, que más tarde ella invertiría en una liposucción.
Fue a hablar con el oráculo que habitaba en el pueblo, el anciano Jorgus, y le preguntó:
– ¡Oh, sabio Jorgus! ¿Qué debo hacer para encontrar al apuesto caballero que se desposará conmigo?
– ¡Difícil pregunta! –dijo el sabio, rascándose la coronilla–. Ante todo, le recomendaría a vuestra merced que se hiciera la cirugía estética. Pero si no disponéis del dinero suficiente para realizar las obras de restauración de vuestro rostro (cosa, por otra parte, bastante comprensible), he de recomendaros que os encomendéis al Dios Supremo Miguel Campoviejo. Su templo se encuentra en el país de Politecnya. Habéis de acudir allí y Él os guiará.
Dicho y hecho, la princesita Mandetta regresó a su palacio para preparar el equipaje. Tras guardar en la maleta su armario ropero, una tableta de chocolate y un acelerador de partículas, partió montada en su palafrén blanco – de nombre Goñi – hacia las lejanas tierras de la Politecnya.
Antes de llegar a Politecnya, Mandetta viajó incansablemente por los territorios de su reino. Pero para llegar a Politecnya debía vadear el río Río, de gran caudal y espumosa agua. Sólo había una forma de atravesar el río, y era por el puente que custodiaba el F.E.P.[1] Éste respondía al nombre de Diegorox, quien era tan alto que su cabeza siempre estaba llena de nieve. Mandetta le habló cortésmente a Diegorox:
– ¡Oye, tú, plebeyo! – dijo–. ¡Déjame pasar de inmediato!
Diegorox, que era un poco duro de oído, no entendió las palabras de la princesa, por suerte para ella.
– ¿Cómo decirr voss? – preguntó, levantando la vista de su Gameboy.
– ¡Oh, que desfachatez! ¡Soy la princesa Mandetta, y te ordeno que me abras paso!
– ¿Que te abra el cráneo? – preguntó Diegorox, confundido–. Bueno, tú lo has pedido...
Diegorox avanzó hacia Mandetta esgrimiendo su arco con visor telescópico y visión nocturna incorporada. Pero Diegorox tropezó con un mechero que había tirado en el suelo y cayó de bruces en el río. Mandetta estalló en carcajadas mientras Diegorox se ahogaba irremisiblemente.
No fue éste el último problema con el que se enfrentaría la intrépida Mandetta.
Hablemos ahora sobre el Reino de Politecnya.
Politecnya era un país dividido en varias provincias. La más tenebrosa de todas era Hin-Phorm-Ática, regida por la poderosa y malvada Reina Mabel, que habitaba en la Torre de Hanoi, en el monte Dhesik.
El reino estaba regido por el Emperador Justo, quien se consideraba un dios, y con esa excusa exprimía al pueblo – para luego bebérselo –. El Templo de los Campoviejistas se encontraba en la provincia de Agronomya, y éste era el destino que la princesa se había fijado.
Volviendo al lado de nuestra simpática princesita, Mandetta consiguió llegar a Politecnya tras atravesar el río Río. Pero la primera provincia con la que se encontró y que debía atravesar para llegar a Agronomya era Hin-Phorm-Ática. Mientras caminaba por un bosque de árboles secos y huesudos y bellos chips floreciendo a los lados del camino, Mandetta escuchó unas voces que venían de allá delante:
– ¡La Reina Mabel me ha ordenado traerle unos pepinillos! – decía una voz.
– Ah, pues eso no es nada. ¡A mí me ha pedido unas gambas del Orinoco! – replicaba la otra.
– Ya estoy harto de esta tiranía– decía la primera voz–. Por suerte mis amigos del F.E.P.[2] y yo estamos tramando una conspiración.
– ¿En serio? ¡Pues yo me apunto! ¿Y dónde os reunís?
– En la Taberna de la Vieja...
Las dos voces se alejaron por el bosque. Mandetta, que no tenía otra cosa mejor que hacer, las siguió.
Poco después, Mandetta se topó con la Taberna de la Vieja. El interior estaba atestado de pueblerinos bebiendo cerveza Águila Amstel y picando unos ganchitos.
A Mandetta le repugnaban las costumbres del populacho y se refugió en la zona de No Fumadores. Poco después llegó la tabernera, una mujer con cara de mala uva y una voz metalizada y cadenciosa.
– ¿Qué desea? – preguntó la tabernera mientras limpiaba frenéticamente la mesa de al lado.
– Desearía un filete au champagne, puré de castañas y nueces de Macadamia, y...
– Error 0XFFFFFFF7. No se pudo encontrar correspondencias entre los parámetros de entrada y el inventario– dijo la mujer mientras dejaba de moverse. Madetta hubo de reiniciar el sistema.
– ¿Qué tienen? – preguntó la princesa.
– Menú del día, dos puntos. Primer plato, dos puntos, Verano. Segundo plato, dos puntos, Patatas con guarnición.
La tabernera paró unos segundos de hablar y luego siguió:
– Menú de Régimen, dos puntos...
– ¡Vale, vale! Tomaré un agua de grifo.
– ¿Con patatas?
– Vale.
Desde su mesa y mientras esperaba a ser servida, Madetta pudo escuchar de nuevo las voces que había oído en el bosque, hablando en la mesa de atrás:
– Señores miembros del F.E.P. A día de hoy, 168 desde el momento de la Creación (del F.E.P., claro) da comienzo la III Asamblea General Extraordinaria. El Orden del Día es: I) Lectura del Acta Anterior. II) Diseño de un plan para acabar con la tiranía Mabélica...
– ¿El segundo con guarnición o sin guarnición? – preguntó la tabernera mientras tomaba nota a toda prisa.
– ... III) Ruegos y preguntas. Bien, dicho esto, procedamos ahora a la lectura del acta anterior:
“A día 126 D.C.[3]
tiene lugar la II Asamblea General Extraordinaria del F.E.P. con el siguiente
orden del Día:
I)
Lectura del acta anterior.
II)
Lectura de los presupuestos del frente para comidas en
la taberna.
III)
Elección de Bandera e Himno para el F.E.P.
IV)
Ruegos y preguntas.
La asamblea transcurrió sin imprevistos excepto
durante la lectura de los presupuestos durante la cual el hermano Victorius
solicitó una partida presupuestaria especial para la adquisición de un
cargamento de cerveza, que fue apoyada por unanimidad.
Para la Elección de Bandera e Himno se convocó un
concurso con fecha tope de entrega 200 D.C.”
– Pasemos al segundo punto del orden del día. ¿Alguna sugerencia para el plan?
– ¡Yo propongo darle a Mabel de golpes hasta que se muera! – exclamó Brutus.
– ¿Pero cómo burlaríamos a la Guardia Algorítmica Real para entrar en la torre? – preguntó el Presidente Pah-Ko.
– ¡Es cierto! Sólo si lográramos distraer al Capitán Catabol, podríamos introducir el grueso de nuestras tropas en la Torre de Hanoi.
– ¡Yo me encargaré de eso! – exclamó Triunfalis.
El Capitán Catabol despertó tras una plácida noche de sueño en compañía de su osito de peluche. Se levantó de la cama y se puso su uniforme de la Guardia Algorítmica Real y mientras se encaminaba a su lugar de trabajo (un cómodo despacho climatizado con mesa de billar y jacuzzi), descubrió una nota clavada con un cuchillo en la puerta de su casa. Ésta rezaba:
“Dado un vector v de n enteros, diséñese un
algoritmo recursivo que ordene v de menor a mayor con un coste asintótico
lineal”[4]
El Capitán obsrevó la nota perplejo, y tras unos segundos rascándose la cabeza, la recogió y se dirigió apresuradamente de nuevo al interior de la casa.
Nunca más volvió a ser visto...
Triunfalis, el rebelde culpable de la desaparición del Capitán Catabol, habló entonces al grueso de las tropas del FEP, que se encontraban formadas al pie de la Torre de Hanoi:
– Catabol ya no será un problema... ¡Al abordajeeeee... digo... al ataqueeeee!
Dicho y hecho, las tropas del FEP tomaron la Torre de Hanoi, ante la pasividad de los Guardias Algorítmicos Reales que, como es lógico y normal, disfrutaban de un merecido descanso aprovechando que el jefe no estaba.
Pero volvamos ahora con Mandetta, que la hemos dejado un poco apartada.
Mientras el FEP sembraba el caos en los pisos inferiores, Mandetta se encontraba en lo alto de la torre, manteniendo una acalorada negociación con la Reina Mabel.
– ¡Oh noble reina! – peloteaba la princesa–. Necesito atravesar la frontera de Agronomía que vos mantenéis cerrada.
La Reina Mabel habló con despotismo.
– Mucho me temo que alucináis pepinillos. No pienso abrir las fronteras. La última vez que hice tal cosa, mi pueblo huyó a la Guayana Francesa, y encima me volcaron los camiones de tuercas con los que comercia mi palacio.
– ¡Oh! Bueno, yo soy princesa del reino vecino y quizá pudiera ayudarle, o soborn..., quiero decir, que quizá podríamos llegar a algún acuerdo. Mire por donde tengo unos cuantos miles de esclavos que me estorban en el sótano de mi palacete y que quizá le interesarían. Son mano de obra barata y experimentada. Llevan cociendo ladrillos de adobe desde que Marujita Díaz se sacó el carnet de conducir.
– ¡Ni flowers!– exclamó la reina–. ¡Ni por todos los chorizos secuenciales!
En ese mismo instante, las puertas de la Sala del Trono se abrieron de golpe. Varios partidarios armados del FEP penetraron en la habitáculo, para sorpresa y disgusto de la reina.
– ¡A mi la guardia! – clamó ella, pero sus chillidos fueron en vano.
– ¡Muerte a Mabel! – gritaron al unísono los miembros del FEP mientras irrumpían en la sala.
Un instante después, un gran número de piedras y otros objetos contundentes (como sillas, mesas, taburetes, baldosas, espectrofotómetros de masa y varios elefantes constipados) surcaron la estancia en dirección al trono de la Reina, que trató de huir, pero finalmente quedó sepultada bajo la multitud de objetos arrojados.
Aprovechando la confusión y el caos generado por la sublevación y la posterior Transición Democrática en el reino de Hyn-Phorm-Ática, Mandetta pudo abandonar la Torre de Hanoi y así emprender el camino que la llevaría hasta Agronomya.
[1] Fiero Empleado del Peaje; no confundir con el Frente Estudiantil Popular.
[2] Frente Estudiantil Popular. No confundir con la Federación Europea de Ping-pong.
[3] Desde la Creación, por supuesto.
[4] Para el lector no avezado en estas cuestiones informáticas, se hace saber que este problema no tiene solución posible (al menos, no una solución válida para todos los casos en nuestros días). Varios filósofos presocráticos y ptolemaicos han discutido sobre ello sin llegar a una determinación clara sobre el tema (que no fue enunciado ni por Dijkstra ni por Gauss ni por la madre que los parió).