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gronomya era un reino próspero.
El rey agronómyco se jactaba de su buena gestión, aunque en realidad el timón del gobierno lo dirigían los sacerdotes Campoviejistas, lo cual era un secreto a voces. Por todas partes había monumentos erigidos en honor al Dios Supremo Miguel Campoviejo. Las campanas tubulares resonaban en lo alto del campanario de las numerosas catedrales.
Mandetta, a lomos de su fiel Goñi, avanzaba abstraída mientras las campanas daban las 12:47. Canturreando una vieja tonada popular sobre la raja de una falda [1] (o algo así), observaba a los agronómycos realizando las labores del día. Hoy era día de mercado y los puestos estaban llenos de diversos artículos artesanales, como misiles Tomahawk, uranio a granel, microprocesadores Pentium III, botijos y sombreros de paja (con perdón de la expresión).
– Por favor, ¿podría decirme cómo llegar al Templo Campoviejista donde reside el Sacerdote Supremo?– preguntó Mandetta a un hombre que se hallaba de espaldas. Al oir la voz de la bella princesa se volvió como un resorte con expresión de odio en el rostro desencajado de furia. Mandetta gritó espantada.
– ¡Tú! – clamó el hombre, que no era otro que Diegorox–. ¡Tú, otra vez! Por tu culpa perdí mi empleo y heme aquí, engrosando las listas del INEM. Y no hablemos de la endoscopia que me practicaron después de caer al río. Me las vas a pagar todas juntas, maldita víbora.
Diegorox emprendió la persecición contra Mandetta, quien tenía la ventaja de ir montada en su fiel caballito.
– ¡Maldita, cavrona! ¡Japuta! ¡¡Manuelaaaa, digo…, Mandettaaaaa!! – gritó Diegorox–. ¡Toda mi vida estudiando para guardián del puente! ¡Fuí el primero de mi promoción en la EUFEP!
– ¡No fue culpa mía! – exclamó Mandetta, mientras atravesaba una pila de cajas de cartón–. ¡Yo no puse ese instrumento del demonio en el suelo! ¡Yo no uso mechero!
<¡PLANK!>
<PLOF!!!!>
– ¡Aaaaay! – exclamó Diegorox desde el suelo, tras estamparse contra un semáforo. Mandetta aprovechó para pisar el acelerador de su caballo y huyó despavorida.
Al cabo de un rato se detuvo. Miró a su alrededor. Se encontraba en una plaza grande, con un extraño monumento en su centro, que constaba de un pedestal y, sobre él, un tubo retorcido de una manera singular, formando lo que debería ser un antiguo símbolo sagrado, a juzgar por la devoción que profesaban los viandantes al pasar a su lado.
– Perdone… ¿me podría decir donde se encuentra el templo campoviejista donde reside el Sacerdote Supremo de la orden? – preguntó Mandetta a un transeúnte.
– Dése la vuelta– dijo–. ¿Ve? ¿Allí?
Mandetta se volvió y vió un enorme letrero de luces de neón que decía: EL TEMPLO CAMPOVIEJISTA DONDE RESIDE EL SACERDOTE SUPREMO DE LA ORDEN. Mandetta le dió las gracias.
Bajo el letrero, un edificio impresionante de 477,23 metros de altura, en cuyo extremo superior había una réplica gigantesca del monumento que había visto en el centro de la plaza, se abrió a sus ojos.
Mandetta abrió lentamente la puerta (que había sido engrasada meticulosamente para no emitir el más mínimo sonido) y penetró respetuosamente en el interior. Mientras avanzaba hacia la sala hipóstila, escuchó unos cánticos desde alguna parte recóndita del templo [2] :
– Nonononono, eso no es así. ¿Es que no sabes leer? Ahí pone “Om-ma-dawn”, y no “Om-ma-rok” – decía una voz, interrumpiendo los cánticos. Mandetta supuso que los sacerdotes campoviejistas se hallaban en plena clase de cántico, su asignatura sagrada junto con el Curso de Guitarra Avanzado del Planeta de Agostini.
Caminó sobrecogida por los relieves que cubrían las paredes, extendiéndose por los muros como un rumor en una peluquería.
Mientras contemplaba los frescos, frisos y girasoles del templo, Mandetta se dió cuenta de que una música inundaba el ambiente. Era una música extraña, que parecía tener vida propia e iba variando lenta pero continuamente. Esto disgustaba a Mandetta, que prefería a clásicos como Chopen, Estopa y Sergio Dalma. “¡Pero si no tiene siquiera esribillo!” pensó horrorizada [3] .
Una voz desconocida le sacó de sus cavilaciones.
– Disculpe… ¿está buscando a alguien?
– Sí. Estoy buscando al Sacerdote Supremo Campoviejista. ¿Dónde puedo encontrarlo?
– Sígame.
A medida que Mandetta y su improvisado guía avanzaban por los intrincados pasadizos del templo, la música ambiental iba aumentando progresivamente su volumen.
Mandetta pensó que debían estar aproximándose al centro de todo aquello, y no se equivocaba. No mucho, al menos.
– Ya hemos llegado– dijo el monje-guía mientras abría la puerta.
Cuando el monje-guía abrió la puerta, el volumen de la música subió bruscamente. Mandetta contemplaba asombrada cómo una especie de sábana blanca revoloteaba por la habitación al ritmo de la música. Poco después se dió cuenta de que no era una sábana bailarina, sino el mismísimo Sacerdote Supremo, quien, al reparar en los inesperados e inoportunos visitantes, se aproximó precipitadamente a bajar el volumen de su minicadena. El Sacerdote Supremo se acercó solemnemente hacia la puerta aunque sus mejillas aún estaban teñidas con un color rojizo. Mandetta observó mientras tanto el descomunal tamaño de los cuarenta altavoces que poblaban la sala.
– ¡Oh, que inesperada visita! – dijo él–. ¿A quíen debo el honor?
– Mi nombre es Mandetta– explicó la princesa–. He viajado por innumerables lares y heme aquí, buscando consejo sobre mi pequeño problema. Me envía el venerable sabio Jorgus, a quien sin duda conocéis…
– ¡Ah, por supuesto, por supuesto! – exclamó el Sacerdote–. ¡Claro que lo conozco! Estudiamos juntos en el Seminario (y no me interpretes mal), hace ya varias décadas y muchos lustros. Hace años que abandonó el Templo y se dedica a evangelizar a las masas. Pero díme, ¿cómo está? ¿Está bien?
– Sí, creo que sí. Bueno, no sé. Tal vez. Quizá. ¡¿Y yo que sé?! – repuso ella.
– Bien, bien. Disculpe que no me haya presentado. Mi nombre es Moisés y soy el Sacerdote Supremo del Campoviejismo y Protector de las Tablas de la Ley. Pero ahora hablemos de su problema…
– ¡Oh, gran alabado señor Moisés! Tengo un gran problema relacionado con mi ya muy prolongada virginidad. Busco consejo en vos, pues ya lo he intentado por todos los medios legales (y no tan legales) y no lo he conseguido…– sollozó la princesa, enjugándose las lágrimas.
–
Normal…– murmuró Moisés.
– ¿Cómo dice?
– Oh, nada, que muy mal. Pero siéntese, siéntese– dijo el sacerdote–. Cuénteme más detalles sobre su problema...
– Verá, todo comenzó cuando yo tenía 9 años [4] ...
Fue a esa edad cuando me
di cuenta de que los demás niños no se sentían a gusto en mi presencia.
– ¿Cómo se dio cuenta? –interrumpió
Moisés.
Bueno, son muchos pequeños
detalles... Me escupían, me insultaban y me arrojaban todo tipo de objetos
punzantes. Todavía recuerdo las burlas de los otros niños cuando me empezaron
a salir los primeros pelillos de la barba.
– Si es que los niños son muy
crueles... – volvió a interrumpir Moisés– Pero prosiga...
A partir de ese momento
me fui alejando más de la sociedad y me recluí en mi palacio, donde era feliz
jugando con mi reactor nuclear y mi potro de tortura. Tuve un novio a los
14 años, pero la relación no prosperó. Mis padres lo habían contratado con
la esperanza de que con el tiempo me cogiera cariño, pero se marchó a las
dos semanas gritando: “Y no necesito su jodido dinero!!”
Era una época difícil...
notaba que algo en mí estaba cambiando y...
– Mejor obviemos esos detalles, si no le importa...
Bueno, pues eso prácticamente
nos deja en la situación actual... Si es que hasta en TelePríncipe me cuelgan
el teléfono.
En ese mismo instante Mandetta se hechó a llorar.
– No se preocupe, seguro que pronto encuentra usted a alguien que la haga feliz– mintió el Sacerdote.
– Es usted tan bueno... – dijo la princesita al tiempo que se abalanzaba sobre un sorprendido Moisés.
– Por favor, majestad, conténgase– dijo Moisés mientras se apartaba, dejando que los dientes de Mandetta impactaran contra el suelo– No soy yo el hombre al que busca, por si no se ha dado cuenta SOY UN SACERDOTE.
Moisés, visiblemente alterado, se dirigió a su équipo de música, subió el volumen, cerró los ojos, respiró hondo, volvió a bajar el volumen (no mucho) y se dirigió, ahora más calmado, a la princesita:
– Le diré lo que puede usted hacer, alteza. Debe emprender la búsqueda del Cetro de Nombre Rimbombante, del cual solo poseo una de las piezas en que se haya dividido y que YO custodiaré muy gustosamente hasta que consiga reunir las demás.
– ¿Cuántas piezas lo forman?
– Desgraciadamente no lo sé, pero cuenta la leyenda que el susodicho cetro procede de las remotas tierras de Trikornia. Quizás allí pueda reunir información sobre el paradero de las piezas restantes.
Mandetta abandonó finalmente el Templo Campoviejista y emprendio el rumbo a Trikornia, más no tenía la más puñetera idea de dónde se encontraba ese extraño país, por lo cual vagó sin rumbo durante un par de días, hasta que se le ocurrió pensar que quizá estaba andando en círculos y preguntó a un transeúnte que pasaba por ahí.
– Disculpe... ¿dónde estoy? ¿Queda muy lejos Trikornia?
– Nad’k grhml djuk hal’fo nefrrgllll.
– Vaya, al menos sé que no he estado andando en círculos...
– Ggglll... brrrr. Oh, disculpe, señorita. Es que me había tragado la lengua por accidente. ¿Me decía...?
– ¡Oh, si sabe usted hablar mi idioma! ¡Y eso que es un extranjero! A ver. Yooo decirteeeee a ti, yo quereeeeeer ir a lejaaaaaano lugaaaaaar– dijo, gesticulando con las manos y hablando muy despacio.
– Señora...
– ... Lugar ser el país de Trikornia– continuó ella, llevándose las manos a la cabeza y adoptando la posición de un Triceratops–, donde haber Tres Grandes Montañaaaaas, ¿entiende?
– ¡Joder, que sí!
– ¡Uy! Que rápido aprenden los tacos los extranjeros. Bueno, ¿lo sabe o qué?
– Veamos. Me ha hecho usted dos preguntas, a saber:
a) Se encuentra en la provincia de agronomya.
b) Yo no tener idea remota de donde estar remota región de Trikornia, ¿le ha quedado claro?
Mandetta se alejó, preguntándose si realmente había estado andando en círculos.
[1] Cabe destacar que Mandetta fue terriblemente afortunada en esta parte de la historia, dado que estos cánticos eran considerados blasfemos en Agronomya y pudo haber ardido en la hoguera esa misma noche.
[2] O de todas ellas, con la acústica de las iglesias nunca se sabe.
[3] Mandetta fue REALMENTE afortunada de no pensar en voz alta, pues de lo contrario habría acabado como mujer antorcha en una cámara llena de gas propano.
[4] Nota para el lector: Léanse los siguientes párrafos en blanco y negro.