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l cabo de unos cuantos círculos, Mandetta se dio cuenta de que la noche estaba llegando y debía encontrar un lugar donde guarecerse.
– Debe haber una posada por aquí cerca– pensó Mandetta[1].
Efectivamente, unos metros más allá se podía ver el gran cartel de la posada “El rabo de la vaca”. Mandetta sintió reparos al entrar en un lugar con semejante nombre, pero la llegada de la noche era inminente y no tuvo más remedio.
Abrió lentamente la puerta y miró a su alrededor. Pronto se dio cuenta del porqué del nombre de la susodicha posada: la gran cantidad de moscas que revoloteaban por allí.
Era una posada muy pintoresca (por decirlo diplomáticamente). Se trataba de una edificación sencilla construída en madera de boj y poliuretano. Las cucarachas revoloteaban a sus anchas, chocándose con los residentes que comían en el “comedor” (si es que se lo podía llamar así, dado que no había mesas, si no una especie de abrevadero donde los cocineros, ataviados con los gorros característicos, arrojaban la comida pastosa).
Mandetta se acercó allí y se puso a comer junto a los demás comensales.
– ¡¿Pero qué hace, buena mujer?!– clamó uno de los presuntos cocineros–. ¡Esa es la comida de los cerdos!
Mandetta reparó entonces en el aspecto de sus compañeros de deglución. Tenían un hocico rosado lleno de pasta marrón. La princesita, como parte de la nobleza que era, no solía distinguir entre vasallos y puercos.
– ¡Los humanos comen en Le Braserie! –añadió. Mandetta se levantó entonces y se dirigió a la puerta que daba al restaurante. Lo que vió la dejó impresionada.
El ambiente del local estaba lleno de humo. Había varias mesillas desvencijadas cubiertas por manteles de cuadros blancos y rojos. Sobre ellas había lindas velas que, debido a la inclinación de los tablones, caían sobre los manteles ignífugos. El suelo estaba cubierto por una densa capa de paja y abono. Pese a todo, una agradable música ambiente magistralmente interpretada por una pianola y un hombre orquesta alegraba los corazones de los allí presentes.
– ¡Bienvenue! –saludó cordialmente el
mâitre–. ¡Bienvenue, madmoiselle!
–
Bienvenú– respondió Mandetta.
El mâitre era un hombre bajito, elgantemente vestido, calvo, con bigote y una jovial sonrisa. Mientras educadamente se aguantaba la risa que le producía el “dominio” del francés[2] de Mandetta, le entregó la carta.
– Ahora mismo le tomarán nota.
El mâitre se retiró a sus aposentos y por la puerta que daba a la cocina apareció un hombre grande, con un delantal cubierto de grasa, camisa a rayas verticales rojas y blancas, una gorra roja en la que ponía “Le Braserie” en hermosas letras doradas, pantalones cortos y un lápiz detrás de la oreja.
– ¿Qué va a tomar? –dijo el camarero al tiempo que se rascaba la entrepierna.
Mandetta alzó la vista hacia el camarero. Sus miradas se cruzaron. Un instante después, un grito desgarrador emergió de la garganta del camarero.
– ¡¡¿Tú otra veeez?!! – bramó.
La princesa se percató de que aquel camarero le resultaba vagamente familiar, instantes antes de que éste se abalanzara sobre ella.
– ¿Es que no puedo vivir tranquilo ni siquiera ahora que trabajo en un garito de mala muerte, aislado del mundo y explotado por un contrato basura?
Mientras esquivaba la embestida de Diegorox, Mandetta golpeó la vela que había en su mesa[3].
La vela rodó grácilmente por la mesa. Cuando llegó al borde, sintió una atracción irresistible por el suelo y emprendió el camino hacia él. Mientras tanto, el mâitre contemplaba preocupado el movimiento de la vela y cuando ésta llegó al borde, saltó raudamente cual portero de futbolín en un intento desesperado de impedir una inminente catástrofe. La vela continuaba, impasible, con su trayectoria descendente. El mâitre gritó: “¡Nooooooooooooooo!”.
Pero sí, la vela cayó al suelo, prendiendo la capa de paja que lo recubría.
Rápidamente las alarmas antiincendios del local comenzaron a sonar. La evacuación fue impecable. Mandetta aprovechó el tumulto que se formó en torno a la salida de emergencia para dar esquinazo a Diegorox, que andaba bastante quemado con el asunto del incendio, y se adentró en el bosque.
– Pues sí que estamos bien– pensó Mandetta al darse cuenta de la situación en la que se hallaba.
Era de noche, Mandetta estaba sola en el bosque y no había cenado, así que recordó lo que había aprendido cuando era pequeña en las excursiones que hizo con “Las Hormiguitas Exploradoras del Apocalipsis”[4], sacó su navaja suiza (que llevaba sacacorchos, destornillador, osciloscopio, ornitorrinco, reproductor MP3, mechero y un compartimento para guardar una píldora con la que autosuicidarse si era necesario) y cazó una cebolla y una morsa que pasaba por allí.
Acto seguido encendió una hoguera, atravesó la morsa con un palo, preparó una cebolla confitada y tuvo una suculenta cena. Después del festín, saco del bolsillo su tienda de campaña, se puso el pijama y durmió plácidamente.
Un nuevo día amanecía sobre las tierras agronómycas en las que se encontraba acampada Mandetta.
– Ooooouuuuuuuuuaaaaaaaarrrgnmm– bostezó la soñolienta princesita.
Mandetta se preparó un desayuno con las sobras de la cena de la noche anterior. Tras el copioso desayuno, Mandetta se dispuso a reemprender su glorioso viaje (bueno, ella pensaba que era glorioso) hacia las lejanas tierras de Trikornia.
Bajo el frondoso follaje ( y de nuevo se ruega no interpreten mal), la luz del sol llegaba velada. Mandetta cabalgaba sobre su caballo (hombre, no creo que pudiera ser de otra forma), hasta que llegó a un claro en el bosque. Había allí una extraña criatura de verdes ropajes que se hallaba atareada removiendo afanosamente un caldero de metal. La princesita, interesada ante el hallazgo, bajó del caballo y se aproximó a él.
Evidentemente había de ser un elfo, así que Mandetta se dispuso a llevar a la práctica los conocimientos adquiridos en el curso CCC de élfico sindarín[5]:
– ¡Hola dola! Misa Mandetta. ¿Eres tusa un elfo?
La criatura se volvió para mirar con ojos sorprendidos a la princesa.
– ¿Perdone? – preguntó con un tono ligeramente despectivo.
– ¿Es que tusa preparandon poderoso encantamiento?
– Preparo fabada– contestó éste con sequedad.
– ¡Oh! Poderosas fuerzas naturales los vientos son– dijo ella, sonriendo, intentando caerle bien.
– ¿Qué es lo que quiere, señora? – preguntó el elfo.
– Señorita– puntualizó Mandetta.
– Bueno, señora o señorita da igual. Ya sé a lo que has venido. Has venido a por Él, ¿eeeeh? Pues que sepas que al elfo Hesh-Ush no se la pegan los Ogros con esos disfraces de pacotilla. ¡Pero si hasta se le ven las costuras en la barbilla!
– ¡Oh! ¡Que maleducado! – Y Mandetta se llevó las manos a la incipiente barba que el elfo había confundido con hilachos de una mala costura–. Yo sólo tenía curiosidad y...
– ¡No me vengas con esas, que te he calado! ¡Si lo sabré yo! ¡Qué maldad! Tú quieres mi tesoro, sí, mi tesoro. ¡Pero no lo vas a conseguir!
– ¿Tiene usted un tesoro? ¡Qué bien! ¿Y qué es?
– ¡Ajá! ¡Lo sabía! Largo tiempo mi pueblo ha guardado El Tesoro lejos de las manos de los Ogros, Trasgos y otras criaturas malvadas de los bosques. ¡Mira que son nazis! Pero YO lo guardaré a salvo. ¡No podrás conseguir La Piedra!
– ¡Ooooh! –se admiró Mandetta–. ¿Tiene usted una piedra mágica?
– Oh, no, no. Es La Piedra Pómez, de los Pómez de toda la vida. Sí, sí, ya se yo que esos guarros de los Ogros la quieren utilizar para arrancarse todos esos callos de los pies. ¡Qué asco!
– Creo que ha habido un lamentable malentendido, señor elfo. Yo sólo quería preguntarle cómo salir de este frondoso bosque, si usted me entiende.
– Mmmmm, quizá me haya excedido un poco. Disculpe, pero es que hoy se me olvidó tomarme la pastilla de prozac que me recetó el urólogo.
– Ya entiendo. ¿Entonces no me puede ayudar?
– Pues no soy yo el más apropiado guía. Sin embargo, puede preguntarle al escritor de esta novela, que sin duda alguna tiene más idea que yo sobre asuntos de bosques y geografía.
– ¿Ya estamos otra vez con asuntos religiosos? – pensó Mandetta, que se estaba volviendo atea por momentos. Luego dijo:–. Creo que sabré orientarme sola por el bosque. Cuando fui Hormiguita Exploradora del Apocalipsis me explicaron cómo guiarme en el bosque si me perdía. Simplemente hay que ir en la dirección en la que crece el musgo sobre los árboles.
– Jiji, haga usted lo que quiera– rió el elfo, que trataba de contenerse. Mandetta no entendió–. Hasta más ver.
Ya hacía seis horas que Mandetta había dejado atrás al hechicero elfo, así que la salida no podía estar muy lejos. De repente, Mandetta se topó de nuevo con un claro en el bosque que le resultaba familiar. De hecho era exactamente igual al último claro en el que había estado, sólo que sin el elfo[6].
– Bueno– pensó Mandetta–. Al fin y al cabo todos los claros en bosques son similares... con árboles y... Bueno, todas esas cosas. No puedo estar caminando en círculos.
De modo que Mandetta reemprendió su camino en busca de una salida. Unas cuatro horas más tarde, Mandetta sintió un dejà vu al llegar a un claro en el bosque, sólo que esta vez era de noche y había algunos carromatos aparcados en torno a una hoguera.
Eran unos carros un poco raros, puesto que estaban protegidos por barrotes de cáñamo y plexiglás. En su interior había varias personas ataviadas con raídas y malolientes prendas, por lo que supuso que se trataba de algún medio de transporte público. Aunque Mandetta normalmente despreciaba los medios de transporte del populacho, decidió que debería sacrificarse un poco si quería salir del bosque. Al menos, pensó, la ventilación de los transportes era inmejorable.
Se acercó a la hoguera, donde varios hombres barbudos comían carne a la brasa y salsa barbacoa, rodeados por insistentes moscas que no dudaban en lanzarse a morder. Había un hombre que Mandetta supuso que sería el conductor, quien llevaba un látigo en la mano. Se aproximó para hablar con él.
– ¡Oh, amable señor! – dijo sacando su bono-bús–. ¿Hacia dónde se dirigen sus transportes?
El hombre la miró un tanto sorprendido y luego habló:
– ¿Quién es usted y qué hace a estas horas de la noche sola por aquí?
– Mi nombre es Mandetta y me hallo extraviada en estos bosques dejados de la mano de nuestro señor Dios– explicó ella.
– ¡Oh, claro! Permítame invitarla a nuestra compañía de viaje. Nos dirigimos a la provincia de Dhoe, querida señora, donde va a tener lugar el XVII Mercado Internacional de Escl... eeeeh... Especias.
– ¡Interesante mundo el de las especias!
– Oh, así es. Pero permítame hacerle un hueco en nuestros transportes.
– Muchas gracias.
– ¡Germánicus! – llamó el hombre–. Lleva a la señora...
– Señorita– puntualizó Mandetta.
– ... (no me extraña)... – murmuró el hombre–. Llévela al vehículo Nº III.
Germánicus obedeció y condujo a Mandetta al susodicho vehículo...
[1] Y no se equivocaba, había estado pasando por delante de la misma posada varias veces ese día, y su subconsciente estaba más atento a esos pequeños detalles.
[2] El idioma.
[3] Nota para el lector: Léase el siguiente fragmento a cámara lenta, como en “The Matrix”.
[4] Un grupo de chicas que por la mañana era Club de Fans de “La Sirenita” y por las tardes era un grupo de princesitas-scout.
[5] Esta asignatura formaba parte del programa de formación de princesitas, sección de “Diplomacia y Relaciones Internacionales”.
[6] La variedad de musgo que crecía en aquel bosque pertenecía a la rama evolutiva que se había dado cuenta de que más gente perdida en el bosque significaba más comida para todos, de modo que como resultaba bastante estúpido crecer siempre en la misma dirección, desarrollaron complejos patrones circulares, más eficientes en la obtención de alimento. Algunos campos de trigo y maíz han intentado imitar estas técnicas sin resultados prácticos (aunque hacen un bonito efecto si se ven desde arriba).
Por supuesto, Mandetta no tenía ni idea de todo esto.