IV.

De cómo Mandetta llega a las tierras de Dhoe, hace una amiga y es vendida como esclava.

 

E

l vehículo Nº III tenía algo que a Mandetta le estaba empezando a resultar familiar, aunque no por ello menos molesto. Quizá fuera que el vehículo Nº 3 era uno de esos lugares que: a) tenían el suelo recubierto de paja, y b) olían mal.

 

Pero también había algo que irritaba soberanamente[1][1] a Mandetta, y era que en el vehículo Nº III estaba representado lo más bajo de la sociedad, desde hombres con extrañas mutilaciones en la cara hasta futuros participantes de Operación Triunfo, y todos y cada uno de los integrantes contrubuían humildemente a engrandecer el mal olor que reinaba en el habitáculo.

– ¡Qué vehículo máz raro! – dijo una de las compañeras de viaje de Mandetta, que se hallaba sentada a su lado. Ésta tenía el pelo enmarañado la cara tiznada de hollín–. Empiezo a creer que ezto no ez un autobúz.

Mandetta, sabedora de que contestara o no, aquella individua continuaría soltándole el rollo, decidió que sería mejor no darle más conversación.

– ¿Zabe? Aquí no ze puede hablar con nadie. Zon muy azocialez. Zin embargo, yo zoy de ezaz perzonaz que bázicamente no pueden vivir zin la comunicación. Llevo doz zemanaz aquí y me eztaba volviendo loca de eztar tanto tiempo zin poder entablar una converzación.

– Qué bien– respondió lacónicamente Mandetta.

– Corre el rumor por aquí de que noz llevan a Dhoe. Me hace iluzión ir allí, porque azí podré acudir al XVII Mercado Internacional de Ezclavoz... Ziempre he querido tener uno para mí zola.

– ¿Esclavos? – replicó Mandetta.

– Zí, ezclavoz... Ezoz zerez que zon como perzonaz pero zon inferiorez, y trabajan y ezaz cozaz.

– Ya sé lo que son los esclavos. Soy una princesa.

– Zí, claro. Y yo zoy Dard Veider[2][2].

– Soy una princesa– instó Mandetta, indignada, al tiempo que sacaba su carnet del sindicato de princesitas.

– Oh, vaya.

– Bueno, será interesante pasearse un rato por el mercado de esclavos. Llevo mucho tiempo sin permitirme unas horas de ocio. Además, no he vuelto a ver a mis esclavos desde que les propuse aquello[3][3].

– Un hombre bajó del carro que encabezaba la caravana y anunció:

– ¡Próxima parada: Dhoe! ¡Próxima parada: Dhoe!

Los traficantes de esclavos estaban gratamente sorprendidos por el reciente descubrimiento de que hacerse pasar por un autobús mantenía tranquilos a muchos de los pasajeros, al tiempo que conseguía atraer esporádicamente a nuevos “clientes”. Por eso habían cogido un vehículo (el Nº III) y le habían puesto una barra horizontal por encima de la cabeza y una lucecita de “Parada Solicitada”.

– Ya debe faltar poco para llegar a Dhoe. ¡Eztoy impaciente!

– Tengo hambre– dijo Mandetta, a quien le había sabido a poco el buey que le habían dado para desayunar.

– ¿Creez que habrán ezclavoz negroz y muzculozoz? – preguntó MaryJoe[4][4].

– Eso espero– contestó ella.

– Por cierto... ¡Qué maleducada zoy! No me he prezentado... Me llamo MaryJoe[5][5].

– Yo soy Mandetta.

– Zí, ya lo zé. Lo vi cuando me enzeñazte tu carnet de princezita.

 

 

Tras varias horas de conversación insustancial, la caravana llegó a Dhoe. Había a la entrada un enorme cartel que decía “Bienvenidos al XVII Mercado Internacional de Esclavos de Dhoe”. Había un gran bullicio en la plaza central de la capital de la provincia.

– ¡Señor conductor! – gritó Mandetta–. ¿Será tan amable de abrir la puerta? Ya hemos llegado.

– Ezo, ábranoz que ya hemoz llegado.

Pero el conductor no contestó, y en su lugar se revolcaba por los suelos cual marrano en el fango, riéndose estentóreamente.

– ¡Oh, por Zan Zilvrztre de loz Bózquez! – exclamó MaryJoe–. ¡Creo que hemoz zido capturadaz!

– Eso no puede ser– replicó Mandetta–. Quizá no podamos abandonar el vehículo hasta concluir la visita turística a la capital...

– Ez verdá. Quizá zoy demaziado paranoica. ¡A lo mejor noz llevan a vizitar el Mercado Internacional de Ezclavoz...! – pero MaryJoe se rascó la cocorota en actitud pensativa (en la medida de lo pozible, digoooo... posible) –. ¡Ezpera! ¿No ez algo zozpechozo?

– Pues ahora que lo dices, empiezo a estar algo inquieta– repuso Mandetta mientras observaba cómo un hombre vestido de verdugo la miraba con ojos asesinos, agitando un látigo.

Segundos después, la caravana volvió a avanzar un trecho y luego a detenerse, y esta vez el conductor salió y se aproximó a la “zona de carga” del transporte, donde pronunció unas palabras:

– ¡Pasen y vean, señoras y señores! ¡El mejor cargamento de esclavos traídos de todos los rincones del mundo! ¡Maravíllense con las cualidades de nuestro género! ¡Fresco de hoy, oigaaaa!

Instantes después, varias decenas de personas se agolpaban alrededor del carro, levantaban las túnicas de los esclavos, les miraban los dientes, les medían el grosor de las uñas de los pies...

De repente, la gente comenzóa a apartarse, formando un hueco en cuyo centro se encontraba un hombre gordo, sudoroso y que iba ataviado con una camisa de color salmón, unos pantalones grises y unos tirantes en los que se podía leer “Perforaculum Per Secula Seculorum”. El susodicho personaje se dirigió al conductor de la caravana.

– Necesito 187 esclavos– dijo.

En ese mismo momento los ojos del mercader se iluminaron y éste respondió:

– ¡Perfecto! Justo aquí tengo un cargamento de 187 esclavos.

– Esto... señor... sólo tenemos 186– dijo uno de los aprendices de traficante de esclavos que trabajaba con ellos.

El mercader se giró súbitamente y propinó un puñetazo al aprendiz, que cayó en redondo.

– 187 y ese último con un pequeño descuento por los posibles desperfectos. ¿Puedo preguntarle el porqué de tamaña adquisición?

– Sí, puede– respondió el voluminoso comprador.

– ¿Cuál es el porqué de tamaña adquisición?

– Vamos a recibir la visita de la Familia Real de Pgolog al completo, y vamos a necesitar mucha mano de obra para la gran fiesta de bienvenida.

– Bueno, pues si no le importa, ahora voy a pedirle una serie de datos para la factura... Quiere factura, ¿no?

– Sí, por supuesto.

– Muy bien. ¿Nombre?

– Josemarr Iadean-Dresh.

– ¿Dirección?

– Castillo de Dhoe, s/n.

– ¿A quién debo cargar la factura? Supongo que no pagará usted de su bolsillo una compra tan importante– dijo sonriente el mercader.

– Casa Real de Dhoe, departamento de Recursos Humanos.

– Muy bien, señor Iadean-Dresh. Es un placer hacer negocios con gente como usted. ¿Ha traído su propio transporte o prefiere la entrega a domicilio?

– A domicilio, por favor.

– Muy bien, señor. Encantado de tenerle como cliente.

– Adiós.

La caravana volvió a arrancar.

– ¡Próxima parada, Castillo de Dhoe! – anunció por megafonía el conductor.

 

 

El castillo de Dhoe estaba situado estratégicamente en la cima de los Picos Rampantes, la montaña más alta de Dhoe, con sus dos picos gemelos. Dicho emplazamiento se debía a que desde allí arriba los miembros de la alta nobleza[6][6] podían organizar, dirigir y controlar mejor a sus súbditos, y además la ubicación elevada les ayudaba a sentirse superiores.

La caravana llegó a su destino. Allí se encontraba el procurador Josemarr Iadean-Dresh para formalizar la entrega del pedido. Tras el papeleo, un grupo de gente salió del castillo para hacerse cargo de los esclavos. El susodicho grupo llevaba una vestimenta muy peculiar: ropajes de cuero negro, con pinchos, muy ceñidos al cuerpo y un látigo.

– ¡Abran los carros! – gritó una voz femenina desde debajo de una de las máscaras de cuero.

Los esclavos comenzaron a bajar de los carros. Mientras tanto, los del látigo se pegaban latigazos entre ellos y emitían contínuos gemidos de placer.

Josemarr se encargó de acompañar a los esclavos hasta sus aposentos. Dichos aposentos consistían en una sala con el suelo recubierto de paja en la que se podrían meter, apretando mucho, cien personas. Mandetta gritaba desconsolada:

– ¡Esto es indigno! ¡Yo soy una delicada princesita! ¡Exijo una suite con mueble bar e hilo musical!

Los 186 esclavos restantes, ante los gritos de Mandetta que no les dejaban dormir, amenazaron con interpretar el Aserejé en su versión “Canon a 186 voces”, con lo que consiguieron dormir plácidamente hasta el día siguiente...

 

 

Poco después de salir el sol, un sonido siniestro despertó a los esclavos:

– Ejem... Mwahahaha.... er... hahaha...

Era Josemarr, que practicaba su risa malévola en el cuarto de baño del piso superior.

– ¡Dioz mío! Ezte hombre debe zer la reencarnazión del diablo, zólo por cómo ze ríe.

– Bah, tiene que practicar mucho todavía– valoró Mandetta.

– ¿Y tú que zabez? – le increpó MaryJoe.

– Soy princesa, ¿recuerdas? Todo futuro monarca es entrenado desde su más tierna infancia en los secretos y el arte de la risa malévola y estremecedora, ya que nunca se sabe cuándo te va a tocar ejercer un reinado de terror...

De repente se abrieron las puertas de la sala. Todos los esclavos se callaron de golpe, creando uno de esos incómodos silencios en los que sólo no hay ruido de ninguna clase, sino que todos hacen lo posible por no emitir el más mínimo sonido. Una sombra de gran tamaño y con tirantes se recortaba contra la luz que entraba por la puerta abierta.

– ¡Todos fuera de aquí! ¡Formad en el jardín! – ordenó.

Los esclavos salieron entusiasmados de la habitación, movidos por el mal olor imperante en la estancia y por los latigazos que Josemarr propinaba eficientemente a aquellos que habían logrado habituarse al olor. Una vez se habían colocado en fila, Josemarr se dirigió a los esclavos:

– ¡Oídme bien! Durante los próximos días vamos a tener MUCHO trabajo. Vais a hacer todo lo que yo diga porque YO estoy al mando y no voy a permitir que una escoria como vosotros arruine mi ascenso al poder en Dhoe... ¡y mi posterior dominación del mundo!

Josemarr carraspeó dubitativo un instante y añadió:

– ¡Mwahahahahahahahaha...!

Se paró un momento, satisfecho con el resultado, fruto de tantas horas de cuidadoso perfeccionamiento y reanudó su discurso:

– Vamos a recibir a la familia real de Pgolog, y tenemos que organizar la mejor recepción que se haya visto en este lado del río Río. ¡Tú! – dijo señalando a MaryJoe.

– Dime– respondió ésta, en tono servicial.

– ¡¿Dime?! – exclamó enfurecido Josemarr–. ¡¿Qué cojones significa “Dime”?! Cuando te nombre, y esto va por todos vosotros, debes contestar “¡Señor, sí, señor!”, ¿entendido?

– ¡Zeñor, zí, zeñor! – dijo MaryJoe, esforzándose por caerle bien.

– ¿Zeñor? – dijo Josemarr, poniéndose rojo de ira por momentos–. ¿Acaso está usted riéndose de MÍ?

– ¡Zeñor, no, zeñor!

Josemarr se volvió, murmurando algo sobre la incompetencia y que así no iba a llegar a ninguna parte. Luego se dirigió de nuevo a los esclavos:

– ¿Alguno de los presentes conoce la lengua de Pgolog? – preguntó. Nadie dijo nada, pero Mandetta levantó tímidamente la mano–. ¡Tú! ¡La de la barba, ven aquí!

Mandetta acudió a la llamada.

– A ver, dí algo en Pgolog.

habla(pgolog, mandetta).[7]

– Mmmm... , eso parece Pgolog. ¿Cómo es que una esclava conoce la lengua de Pgolog?

aprende(pgolog,X):- princesita(X).[8]continuó Mandetta, contenta de poder utilizar sus conocimientos–. princesita(mandetta).[9]

– Si claro, y yo soy Chewbacca. ¿Te estás quedando conmigo?

– false.[10]

– Mmpf... Lo dejaremos pasar por esta vez... estamos escasos de intérpretes– Josemarr se volvió de nuevo hacia el grupo–. ¡El resto de vosotros limpiará los cuartos de baño del castillo hasta nueva orden!

Josemarr dio un tirón del brazo de Mandetta.

Tu te vienes conmigo.

– True.[11]

– ¿Quiéres dejar de una vez el jodido Pgolog? Me está empezando a doler la cabeza.

Josemarr llevaba a Mandetta por los pasillos del castillo, adornados con cuadros de los anteriores gobernantes de Dhoe, y lujosos tapices. Tras un pequeño paseo llegaron a una enorme sala, llena de messa, donde a la mañana siguiente habría de celebrarse el banquete posterior a la recepción.

– Tu trabajo será colocarte aquí, al lado de la puerta, y saludar a los miembros de la comitiva de Pgolog a medida que vayan entrando, para que se sientan como en casa.

– ¿Nada más? – preguntó Mandetta.

– Nada más. Ahora vuelve a tus aposentos.

Acto seguido, Josemarr llamó a uno de los guardas del castillo para que la condujera a su “alcoba”.

 

 

Mientras tanto, MaryJoe se encontraba en una sala pequeña, con las pareces alicatadas[12] y con el agua por los tobillos.

– ¿Pero cómo has podido romper esa cañería mientras limpiabas el retrete con el cepillo de dientes? – le preguntó asombrado uno de sus compañeros de limpieza.

– No zé, yo eztaba aquí tan tranquila limpiando y empezó a zalir agua zin parar por la cañería. Debe zer que laz cañeríaz eztán frágilez hoy o algo.

De pronto, el agua que cubría el suelo del cuarto de baño comenzó a vibrar, rítmicamente, acompañada de unos profundos golpes que retumbaban en la estructura del castillo. Era Josemarr, que avanzaba por el pasillo dando saltitos cual Heidi correteando por el campo con las cabritas. Momentos después llegaba a la altura de una puerta, por debajo de la cual emergían cantidades ingentes de agua. En un alarde de curiosidad abrió la puerta, encontrándose con lo que habría podido definirse como los últimos puestos del ranking histórico de concursos de camisetas mojadas de todo el universo conocido.

– Yo no he hecho nada, ze me ha roto zolo– dijo rápidamente MaryJoe, anticipándose a lo que se le venía encima.

La cara de Josemarr empezó a adquirir una tonalidad que pasaba por momentos de “Piel pálida en reposo” a “Ligeramente acalorado” para luego convertirse en “Colorado y sudoroso” y finalmente en “Totalmente rojo de ira con venas hinchadas y palpitantes en el cuello y en la frente”.

– Oh, vaya– dijo Josemarr, totalmente enfurecido–. Parece que tenemos un pequeño contratiempo.

Los miembros de la brigada de limpieza de retretes contemplaban atónitos la inesperada reacción de Josemarr, sin atreverse a decir nada por miedo a que se rompiera el delicado equilibrio entre mala leche contenida e indecisión por no saber que insulto proferir primero.

– Venga, hombre, relájeze o le acabará zaliendo una úlcera. Tampoco ez para tanto, ¿no? – se atrevió a decir MaryJoe.

Pero ya era tarde. La ira de Josemarr se desató:

– ¿QUE NO ES PARA TANTO? – bramó cual elefanta en celo–. ¿QUE NO ES PARA TANTO? Arrrrr!! Te diré lo que SÍ es para tanto: os juro que pagaréis esta afrenta. ¡Como este desorden no esté deshecho en menos de dos horas, os colgaré a todos de los pulgares y probaréis la Dama de Hierro, el Potro y el Revientacráneos nuevos que Inquisiciones Inc. nos ha cedido!

– ¡Oooh! ¡El potro! Ziempre he querido practicar la hípica. ¿Puedo elegir el potro? Por f...

En ese mismo momento, uno de sus compañeros de limpieza agarró a MaryJoe tapándole la boca para evitar males mayores.

– Dos horas, señores. Ni un minuto más– recordó amenazantes Josemarr.

 



[1][1] Tal y como es propio en una princesa.

[2][2] Versión de Darth Vader chapurreado en spanglish.

[3][3] Los más afortunados encontraron algún utensilio que les permitiera una muerte rápida e indolora.

[4][4] NOTA: Algún avispado lector se preguntará por qué sé cómo se llama este personaje, si no se ha presentado. Bueno... por algo soy un narrador omnisciente.

[5][5] ¿Lo veis?

[6][6] La nobleza de Dhoe prefiere recibir el nombre de “Alta dirección” o “Dirección Estratégica”, en lugar del para ellos arcaísmo “nobleza”.

[7] Mandetta habla Pgolog.

[8] Si eres una princesita, aprendes Pgolog.

[9] Mandetta es una princesita.

[10] Falso.

[11] Cierto.

[12] Un cuarto de baño, vamos.