V.

De cómo Mandetta presencia un magnicidio

y huye a Pgolog.

 

M

 

andetta despertó acompañada por el melodioso sonido del ukelele de Josemarr, que se encontraba en su habitación, en el piso de arriba, ensayando una tonadilla llamada “Dos teorías tiene McGregor”. De repente, la sentida interpretación de Josemarr se vió interrumpida por el sistema de megafonía del castillo.

 

– Señores esclavos: la corte de Pgolog está a punto de llegar. Por favor, ocupen sus puestos.

Los esclavos salieron rápida y ordenadamente, como si de un simulacro de incendio cuidadosamente ensayado se tratara. Mandetta se dirigió a su lugar en el comedor[1], en el que debía esperar la llegada de los visitantes de Pgolog.

El comedor parecía muy diferente a la sala que Mandetta había visto el día anterior. Ahora estaba engalanado con motivos decorativos tradicionales de Pgolog, y las mesas estaban llenas de suculentas viandas. Mandetta decidió que si comía un poco para pasar el rato nadie se enteraría, y picando de las diferentes mesas acabó cepillándose una orca, un ornitorrinco y un kiwi.

Minutos después, una fanfarria despertó a Mandetta de la siesta, al mismo tiempo que anunciaba la llegada de la corte de Pgolog. Mandetta corrió a su puesto.

bienvenida(dhoe, X):- hab_pgolog(X). [2]– dijo Mandetta en tono ceremonioso.

Los invitados fueron pasando al comedor. La comitiva iba encabezada por el rey Sixtus y su esposa, la reina Albridge, y tras ellos un numeroso séquito. Cerraban la comitiva Josemarr y la reina[3] de Dhoe.

– Es un honor para el pueblo de Dhoe el recibir hoy la visita de la familia real de Pgolog– dijo Josemarr, ejerciendo labores diplomáticas–. ¿Tendrán ustedes a bien presidir la mesa durante el suculento banquete que nos espera?

– El honor es nuestro– replicó la reina Albridge[4].

– Pues hala, a comer– dijo Josemarr en un alarde de sencillez totalmente inapropiado.

Mandetta estaba al lado de los reyes de Pgolog. Tenía que ocuparse de atender cualquier petición de estos.

– Esclava, tráeme una bandeja de esos canapés de pollo hyn-phorm-ático que hay en aquella mesa.

Mandetta se alejó y volvió con una bandeja de los susodichos canapés. La reina la miró con curiosidad.

– Tu cara me suena– dijo.

Mandetta se acercó un poco más a la reina, simulando ofrecerle un canapé, y susurró:

– En realidad soy la princesa Mandetta, del Reino de Orriols. Hace un par de años fuí con mis padres a Pgolog en visita diplomática. ¿Podría ayudarme a salir de aquí?

– ¿Cómo puedo saber que dices la verdad?

– Mire mi carnet.

– Bah, eso lo venden en cualquier tienda de souvenirs. Yo tengo en mi alcoba un diploma de “Mejor madre del mundo” que me regalaron mis hijos. Son muy majos, ¿sabes? Tengo dos. El mayor tiene doce años y está...

– Mi carnet es auténtico, mire el holograma– le interrumpió Mandetta.

– Oh.

– ¿No podría darme asilo político en su castillo de Pgolog, o algo así?

– ¿Asilo? Tampoco eres tan vieja como para eso... Además, en el castillo no tenemos asilo. Y aunque lo tuviéramos no te lo íbamos a dar así por las buenas. Pero supongo que sí podríamos llevarte con nosotros y dejarte una habitación por un tiempo hasta que se arregle tu situación.

– Vale, eso también servirá– dijo Mandetta, contenta por haber llegado a un acuerdo.

– Cuando termine la cena hablaré del asunto con la reina de Dhoe, mientras tanto, puedes disimular trayéndome unos bocaditos de ñu rebozados con salsa de arándanos.

– Mmpf– gruñó Mandetta, al tiempo que se daba la vuelta, dirigiéndose a la cocina.

La cena transcurrió sin mayores incidentes. Los comensales disfrutaban de una plácida sobremesa acompañados por tazas de café. Mandetta volvía de la cocina con una bandeja de bocaditos de ñu.

– Perdón por el retraso, majestad. Me ha llevado mucho trabajo encontrar la salsa de arándanos– dijo, sacándose del bolsillo una especie de sobrecitos de plástico con el dibujo de un arándano.

De repente, la quietud imperante se vio interrumpida por el sonido de las hélices de varios helicópteros. Instantes después, innumerables hombres vestidos de negro atravesaban los cristales y empezaban a disparar frenéticamente sus tirachinas contra los presentes.

Un observador avispado se habría dado cuenta de que Josemarr había abandonado la sala segundos antes del incidente, como así lo hizo la reina Albridge, gran conocedora de los usos y costumbres de la nobleza de Dhoe.

– Vaya, parece que alguien quiere un ascenso– dijo, mientras relamía impasible uno de los sobrecitos de salsa de arándano.

Los dhoitas trataban de huir de la sala. Algunos de ellos intentaban contraatacar arrojando tenedores contra los invasores, causando varias bajas. Pero no lograron evitar el impacto de un afortunado proyectil contra la reina de Dhoe, que murió en el acto[5]. En ese mismo momento, el comando de hombres vestidos de negro abandonó ordenadamente la estancia, recogiendo de vuelta al helicóptero los cristales de las ventanas que habían roto al entrar.

Josemarr entró en el comedor con un saco de plástico y una pala.

– Bueno, parece que tenéis trabajo que hacer, así que nosotros nos vamos ya– le dijo la reina Albridge a un atareado Josemarr. Ésta, aprovechando la circunstancia, cogió a Mandetta del brazo y se marchó. MaryJoe salió corriendo detrás.

– ¿De dónde ha salido ésta? – le preguntó Albridge a Mandetta, mientras se dirigían hacia una de las salidas de emergencia del castillo.

Poco más hay que contar en este punto. Mandetta y MaryJoe se unieron al séquito de la reina Albridge como “empleadas del hogar” hasta que llegaron al reino de Pgolog. Mientras tanto, el reino de Dhoe vivió una transición autocrática en la que Josemarr se proclamó Presidente Ejecutivo. Mucho más tarde, Josemarr proclamaría el “Cuarto Reich” e iniciaría un movimiento expansionista, imperialista y sectario, conocido con el nombre de “La Gran OPA Hostil”, cuyo objetivo sería apoderarse del mundo entero. Pero eso es otra historia y será contada en una magnífica secuela.

 



[1] Que, dicho sea de paso, no es, como pudiera parecer, un señor que se dedica a engullir alimentos afanosamente.

[2] El pueblo de Dhoe le da la bienvenida a los habitantes de Pgolog.

[3] Aunque ella prefiere ser referida como Presidenta Ejecutiva, ya que lo de Presidenta a secas queda poco monárquico.

[4] Obviamente, tanto esta frase como el resto de las pronunciadas en conversaciones en las que intervienen habitantes de Pgolog, se dijeron en la lengua de Pgolog, ya que son muy suyos y se niega a contaminar su mente con lenguas ajenas. No obstante, han sido traducidas para mayor comodidad y disfrute del esforzado lector. ¿O es que alguno se creía que los chinos de las películas hablan en castellano?

[5] Posteriormente la autopsia demostró que murió del susto, cosa que libró a Josemarr de multitud de engorrosos trámites legales.